Skip to main content

Cuando un deportista acude a la consulta, llega con una idea fija: “quiero pesar menos” o “quiero más músculo”. Pero cuando empezamos a conversar, descubro que lo que realmente busca no es un número, sino sentirse más rápido, más fuerte, más ligero, más eficiente. Ahí es donde la composición corporal deja de ser un dato y se convierte en una historia: la historia del cuerpo que acompaña al rendimiento.

Con cada medición, no solo observo pliegues o perímetros; observo cómo ese cuerpo se adapta al entrenamiento, a la nutrición, al descanso y a la vida real. A veces, un pequeño cambio en la masa grasa mejora la agilidad. O un aumento de masa muscular potencia la fuerza sin necesidad de subir de peso. La clave no es “más” o “menos”, sino qué tan funcional es ese cuerpo para lo que el deportista necesita hacer.

La clave no es “más” o “menos”, sino qué tan funcional es ese cuerpo para lo que el deportista necesita hacer.

Lo interesante es que no existe una fórmula mágica. Un ciclista no necesita el mismo cuerpo que una jugadora de hockey, y un atleta de fuerza no busca lo mismo que una bailarina. Cada deporte tiene su propio “traje” corporal, y mi trabajo es ayudar a que cada persona encuentre el suyo sin caer en comparaciones ni presiones innecesarias.

Y cuando ese equilibrio aparece, se nota. El deportista se mueve mejor, se fatiga menos, se siente más seguro. No porque haya alcanzado un “ideal”, sino porque su composición corporal acompaña su rendimiento, en lugar de frenarlo. Ese es el verdadero objetivo: que el cuerpo sea una herramienta, no una carga.